UN CUENTO MODERNO PARA LA ABUELA

Sentados en el frío banco, las 3 generaciones compartían no solo la sangre sino la mirada ausente de los derrotados.

El joven, de poco más de 18 años, negaba insistentemente con la cabeza, que tenía atrapada entre sus manos como para evitar que se marchara por su  cuenta.

La madre asía el bolso con fuerza. Separada desde hacía no sabe cuentos años, tenía todas las esperanzas y sus escasas fuerzas depositadas en sus dos hijos. A su lado, su pequeño seguía mirando al suelo sin descanso, sus pensamientos se deslizaban amargamente por las mejillas y se desparramaban silenciosos por la habitación.

“Yo no le hice nada. Me estaba engañando y yo solo quería saber la verdad, lo necesitaba. Si no me quería me lo tenía que haber dicho claramente. Si había otro, yo sobraba”.

Rosario lloraba insistentemente sin soltar lágrimas. Desde que enviudó sólo le queda el consuelo de sus nietos.

De repente, como el viento helado de invierno, Jennifer aparece altiva y desafiante en las dependencias del Juzgado acompañada por su nuevo amigo. Era delgada, de pelo castaño, padres separados, madre dedicada en cuerpo y alma a la depresión y a los programas de TV, mientras su hermana mayor se doctoraba en la universidad de la vida, ella pedía a gritos en cualquier ciclomotor el cariño que no tenía en casa.

Rosario la mira y recuerda lo que le dijo a su nieto cuando los vio juntos: “Antoñito ten cuidado, que la belleza se va como los pájaros en invierno y la bondad se queda junto a ti como un perro”. En su época una mujer no se atrevía a denunciar al marido porque no pasaba nada y, además, era para peor. Ahora dicen en la TV que denunciemos, que no tenemos que aguantarnos.

Jennifer estaba segura de sí misma, segura de que tenía las de ganar, segura de que a los hombres hay que pararles los pies, segura de que es la hora de las mujeres. Todo el mundo sabía que el abuelo de Antoñito le pegó a la Rosario, pero no más que también lo hacía su padre.

Antonio sigue cabizbajo repasando machaconamente la escena sin percibir su presencia. “Yo nunca he pegado a nadie. Yo solo le quité el móvil para ver los mensajes de ese chulo” ¿por qué no me lo dijo? Yo solo quería saber la verdad, salir de la duda”.

La Policía lo había detenido en el colegio. El parte médico informaba que la chica tenía un hematoma en cara posterior del antebrazo derecho. En el forcejeo el móvil se cayó al suelo y se había rajado la pantalla. El protocolo exigía la inmediata detención del agresor donde quiera que estuviese. En la escuela de Formación Profesional se armó un revuelo tremendo. El Director del centro intentó persuadir a los agentes explicándoles que Antonio Salvador era un buen alumno, disciplinado, jovial y cumplidor, aunque, últimamente, algo descentrado. Jennifer no era mala chica, aunque sí un poco inmadura y con poco apego al esfuerzo y a los estudios.

La Policía no lo dudó. Estuvo toda la tarde detenido en la Comisaría, pasó la noche en el cuartelillo y por la mañana lo han llevado al juzgado.

El abogado sale abatido del despacho de la juez donde momentos antes le habían tomado declaración. La fiscal, impasible, había acusado a Antonio de maltrato, había pedido la celebración de juicio rápido y solicitado una orden de alejamiento. Si ahora se reconocía culpable le pondrían menos cárcel y saldría en libertad.

“¿Es que yo no he hecho nada!”. Mientras lo decía, la mirada triunfante de Jennifer se clavó entre sus lágrimas. “Yo no he hecho nada. Solo quería saber si me la pegaba con ese”.

El paciente y previsor abogado se interpuso entre las dos líneas de fuego para evitar conflictos.

¿Y pagando una multa no lo podríamos arreglar?” La madre, atropellada, no atina a abrir el bolso en su desesperado intento de saldar de inmediato la deuda que puede encadenar a su hijo. “No señora, aquí no vale la multa, es un delito de maltrato y solo cabe la prisión o los trabajos en beneficio de la comunidad, y siempre el alejamiento. Mejor sería que se marchara del pueblo”.

“Pero, ¡adonde va a ir mi Antoñito! No tenemos a nadie fuera del pueblo, ni dinero. ¿Y sus estudios?. Está a punto de acabar lo de electricista.” Isabel toma aire, como soprano que va a acometer un aria, y de corrido espeta: “al niño de la Dolores la correturno le han metido un año en un centro de menores por robar y casi matar a la Manuela la loca, y después dicen que le dan una paga para que no lo haga más, ¿y a mi niño por quitarle el móvil a la novia para ver hasta donde le llegaban los cuernos lo echan del pueblo y lo quitan de estudiar?”

“Es para evitar problemas, porque si incumple la orden de alejamiento lo meten en la cárcel seguro. Tenga en cuenta que la novia estudia en el mismo centro y va a ser imposible que no se vean”. El abogado prefiere ser claro para evitar equívocos.

Rosario, agotada, se aferra una vez más a su silencio. Siempre pensó que con la muerte de Antonio, su marido, se había acabado su suplicio y que tiempos mejores acabarían con su época de tiranía y oscuridad. Estaba equivocada, a su nieto le tocaba saldar la deuda que el abuelo había contraído con ella y con todas las mujeres que habían sufrido en silencio el desprecio, la humillación y las palizas de tantos hombres violentos.

Como decían en la TV, los tiempos habían cambiado, musitaba Rosario, pero a ella le tocaba seguir sufriendo, y, como siempre, en la orilla de los derrotados.

Publicado en el Mundo de Andalucía, 28-12-11, por Francisco Gutiérrez