CUENTO DE CADA DIA

Perdida por aquellos tristes pasillos avanzaba Rosario en busca de un poco de humanidad.

Algún funcionario, de entre los muchos que había visitado durante esa semana, le había dicho, como todos, que allí no era, pero, además, como quien ofrece la llave del cofre de los secretos, le susurró que fuese a la Audiencia, que allí le resolverían su problema.

Ella no aspiraba a tanto, a ella nunca nadie le había resuelto un problema, jamás. ¡Ojalá!, reinaba mientras avanzaba por ese laberinto sin rotular. Como no sabía leer muy bien, le costaba mucho trabajo moverse por esos inmensos edificios donde nadie parecía conocerse. En el hospital era distinto, allí se orientaba; había ido tantas veces que ya la conocían hasta los médicos, y las personas, por muy grave que fuesen sus tragedias, se relacionaban y contaban sus historias. Aquí, en cambio, nadie quiere hablar, como si sintieran vergüenza.

Cansada abrió al azar una puerta de las muchas gemelas que se desparramaban por el pasillo de la planta.

Se puede!, dijo con voz humildemente serena.

Pese a las muchas contrariedades que la vida le había regalado, Rosario era muy confiada y bondadosa; pensaba que todo el mundo era bienintencionado, por lo que en cada nueva desventura se comportaba con renovada esperanza, como si fuese la primera vez.

Un despacho con tres grandes mesas se abrió a sus cansados ojos.

Buenos días señora, que busca, le respondieron desde alguna de esas trincheras de libros y papeles.

Mire, yo tengo a mi hijo en la cárcel y se me está muriendo, me han dicho que no puedo verlo si no me dan ustedes permiso.

Como un buen opositor, Rosario ha espetado al tribunal su temario en tiempo y contenido.

Señora, eso no puede ser, le responde el más inquieto.

Eso es lo que a mi me parece, que no puede ser. He ido cinco veces a verlo y no me dejan porque dicen que tiene un alejamiento.

Señora, ¿tiene usted algún dato que nos permita comprobar lo que usted dice?, le responde interesado el otro señor.

No, me he olvidado en el pueblo los papeles, con las prisas y esta cabeza que tengo… Es que hace unos años le condenaron sin juicio a que no nos viese ni a su padre ni a mi. Estaba muy mal y tuvo una pelea con su padre, pero no pasó nada. Nosotros sólo queríamos que se quitara de la droga. Ya se me murió otro hijo de sobredosis y tengo la cabeza medio perdida.

No sin dificultad por la parquedad de datos que ofrecía, aquellos señores pudieron, gracias a la informática, averiguar que el hijo de Rosario había sido condenado varias veces, una de ellas por ese mismo tribunal que ahora visitaba, y, en efecto, otro juzgado le había impuesto la prohibición de que viese o se comunicase con sus padres durante dos años.

Señora, lo que usted pide es un imposible, nosotros no podemos autorizar que se incumpla una condena.

Es que me gustaría verlo antes de que se muriera. Además, él sale de la cárcel el mes que viene y si está vivo no se donde va a ir, porque me han dicho que en mi casa no puede quedarse.

Eso es cierto, señora, lo tiene prohibido.

¿Y si lo recojo, que le pasaría a él?.

Desde la última trinchera una mujer la miraba enmudecida. No había nada que decir ni hacer que no fuera salir corriendo y alejarse para siempre de este laberinto absurdo.

Yo sé que me va a dar problemas porque tiene muy mala cabeza, pero no voy a poder resistir que se quede tirado en la calle, se atrevió a argumentar Rosario.

Señora, nosotros no hacemos las leyes, fueron las únicas palabras que se atrevieron a salir de las trincheras, conocedoras de que ninguna alcanzaría viva el objetivo.

¿Qué puedo hacer?, preguntó Rosario.

Puede ir a hablar con el juez que le condenó al alejamiento, que está en el otro edificio, le respondieron a coro. Una dulce mentira, porque sabían que el compañero tampoco podría satisfacer sus legítimas demandas.

Ya. Muchas gracias y perdonen, eh, que yo es que no se muy bien de estas cosas y como tengo tan mala cabeza…, se despidió humilde Rosario, que había permanecido todo el tiempo de pié.

Adiós, buenos días, señora, saludaron marcialmente desde las trincheras.

Rosario se marchó por el mismo pasillo por el que había venido, con la misma parsimonia, el mismo problema, la misma respuesta y la renovada ilusión de poder ver pronto a su hijo.

Aún sin saberlo, Rosario había dejado tras de sí un reguero de tristeza; sin querer había alcanzado a los tres jueces que, parapetados tras las trincheras, resistían a diario ataques parecidos.

Mira que en los hospitales se sufre, pensaba Rosario mientras se alejaba del edificio, pero los prefiero, allí ocurre lo que tiene que ocurrir, la voluntad de Dios, pero aquí Dios no tiene sitio, es todo cosa de los hombres.

 

FUENTE: Francisco Gutiérrez López