CUENTO DE NAVIDAD

En aquella triste oficina, sentada en un viejo banco tan desvencijado como su vida, Rosario esperaba en silencio con infinita humildad. Podría parecer que ya había cumplido los 60, pero su cara de pena cumplía años cada minuto.

No sabía el tiempo que llevaba allí. Acababan de traer a Antonio. Un funcionario le había dicho que tardarían, que se fuera a tomar un café; pero a ella no le entraba ni agua bendita.

Su matrimonio no había sido lo que ella esperaba, aunque a estas alturas ya dudaba que se pudiera esperar algo de la vida que no fuera morirse en paz y sin sufrir demasiado.

No me dio mala vida, aunque lejos quedaron sus promesas de tratarme como a una reina; su sueldo de albañil no daba para mucho, aunque lo suficiente para haber criado a mis 3 hijos y tener la casita gracias a que, desde que los niños se hicieron mayorcitos, yo ayudaba limpiando casas.

El me prometió que nunca me pegaría, que jamás sería como su padre.

Todavía guardo las entradas de la primera vez que fuimos al cine. Love Story se llamaba. Como siempre, él no se enteró de la película, mientras yo lloraba él me metía mano sin reparos. Tenía unas manos fuertes y callosas. Acababa de volver de la mili y trabajaba con su tío Manolo en los albañiles. Esos si que eran tiempos difíciles, aunque no comparables con las historias que me contaba mi madre. Las miserias que pasaron.

La verdad es que nunca me pegó; a veces se ponía pesado cuando quería relaciones. A mi no me apetecía, pero ya se sabe como son los hombres; es mejor no discutir y acabar cuanto antes. Un día, no hace mucho, vino borracho y me faltó; se acabó, me atreví a decirle. Se había acabado hacía muchísimo tiempo, pero él ni se enteró ni le importaba.

No era malo, pero desde que se había jubilado bebía con sus amigotes del bar. Y tenía mala bebida, me lo advirtió su madre.

Mis hijas me decían que me separase, que no entendían cómo le aguantaba. La juventud lo ve muy fácil, están en la flor de la vida. Si me dolió hasta cuando tiré el sofá viejo. Yo soy así.

Habíamos tenido las peleas normales, a veces me insultaba, pero nunca me había pegado. Un día me levantó la mano y me fui a casa de mi hermana; él se asustó, pero no me pidió perdón.

Pero un lunes no quise hacerle la cena y me dio una bofetá. Ya le había dicho que no lo quería borracho.

Desde que lo jubilaron bebía mucho. Mi hijo Paco me decía que eso le pasaba con frecuencia a los hombres si no tenían aficiones.

Todavía estaba fuerte. Me partió el labio.

Tuve miedo de que me pasase lo que a mi vecina Josefa. Su marido le pegaba a diario, hasta que en verano le dio tal paliza que la tuvieron que ingresar. A los tres días fui a asuntos sociales. Me dijo la abogada que tenía que denunciar, que era un maltratador y que si no lo paraba iría a peor. Era por mi bien. Los tiempos han cambiado. En la tele dicen que hay que denunciar, que nos protegerán. Fuimos al médico y a la Guardia Civil. Lo detuvieron, lo llevaron al cuartelillo y, al día siguiente, al juzgado. Lo vi salir esposado, acompañado por dos policías que podían ser sus hijos. Me miró con la misma tristeza que cuando se murió su madre. Se clavaron en mi como alfileres sus reproches y su desamparo. El odiaba el papeleo. Decía que no se enteraba, que no comprendía a esos chupatintas que no hacían nada.

La abogada me dijo que habíamos ganado, que había confesado y aceptado la condena sin necesidad de juicio; me explicó que no iría a la cárcel, pero le habían prohibido que se acercara a mí durante dos años, y si no lo respetaba lo meterían en prisión. Se fue a vivir con mi hijo y yo con mi hija Charo, porque mis hijas me convencieron para que, de momento, no viviera sola.

Llamaba todos los días a casa de mi Paco. Está muy triste, no habla y por las noches llora. Sabía que era por orgullo, no por la condena, y que no me pediría perdón.

El aniversario de la muerte de su madre, a quien tanto quería, fui al cementerio, como hacía todos los años, a limpiar la lápida y a poner flores. Lo encontré allí. Me senté a su lado. No me miró. Estuvimos un largo rato en silencio, hasta que le cogí la mano y me levanté; me siguió hasta nuestra casa como el niño que sigue a rastras a su madre. Sabía que él no me perdonaría, pero yo sí; por nuestros hijos, por su madre, porque le quise, porque es parte de mi vida, que sin él es aún peor. Esa es la gran diferencia: yo se por qué no soy feliz con él, él sólo sabe que es infeliz sin mi.

Pasados los días llamé a asuntos sociales. Me dijo la abogada que teníamos prohibido vivir juntos, que, si los perdonábamos, los hombre nunca iban a cambiar. Es posible que tenga razón, ella tiene estudios y yo no, pero la soledad es peor pena que el infierno.

El ha cambiado: ya no sale con los amigos ni bebe, se avergonzaría de lo que puedan comentar. Se queda en la casa, en silencio, sin hablarme sin perdonarme.

Fui al juzgado a decir que quería retirar la denuncia, que vivía con mi marido. El funcionario, muy malhumorado, me dijo que eso no era posible, que si creía que podía jugar con ellos y cambiar de opinión tan rápidamente. Yo no he cambiado de opinión, sé que sólo puedo esperar de él reproches y silencios.

El martes llegó la policía a casa para informarse si era cierto que vivíamos juntos.

Hoy le han llevado detenido al juzgado por orden del juez, que, dicen, es muy duro. Yo también tenía que ir.

Yo he declarado la verdad. El abogado, más jovencito que mi Paco, me ha dicho que él queda en libertad porque al juez le habíamos dado lástima, pero en el juicio nos acusarán a los dos porque él ha incumplido la prohibición de acercarse a mí y yo le he ayudado; si le condenan, él tendrá que ir a la cárcel, así es la ley. Dice que lo mío es distinto, que es una injusticia.

Tras salir del despacho del juez, Antonio se ha sentado junto a ella en el viejo banco. En silencio, como siempre, se marchan por la misma calle que tanto pasearon de novios.

Ni siquiera advirtieron en el quiosco de la esquina donde de jóvenes compraban pipas, que la prensa local recogía una cruda polémica sobre la ley de violencia de género, pero ellos no estaban para gollerías: la justicia les prohibía vivir juntos y les condenaba a sufrir por separado.

La justicia es ciega, pensaba Rosario; no hace falta que me juzguen, ya estoy condenada por la vida.

FUENTE: Francisco Gutiérrez López. Artículo publicado el pasado cinco de enero de 2010 en el Diario EL MUNDO.