30/01/2009

Kafka contra Bermejo

Cuando se presenta ante el juez de instrucción,

el protagonista de El proceso formula unas vehementes alegaciones sobre el desconocimiento de las causas de su detención, en una sala de vistas fantasmagóricas y atestada de sujetos estrafalarios que palmotean de manera confusa. En esta célebre alegoría de Franz Kafka, el personaje principal acabará siendo juzgado y ejecutado sin que jamás llegue a conocer las razones de esta decisión. Más allá del estremecedor significado existencial del relato, también se percibe un profundo conocimiento del autor sobre el sistema judicial, distorsionado mediante imágenes y diálogos propios de una pesadilla delirante. Hemos de recordar que Kafka era doctor en Derecho y que desempeñó diversas ocupaciones vinculadas a la esfera jurídica. Como señala el narrador y jurista Lorenzo Silva, la formación académica y profesional del escritor checo se manifiesta como trasfondo en muchas de sus ficciones.

¿Cómo enfocaría Kafka una  narración que utilizara como telón de fondo la situación de la Administración de Justicia en nuestro país? Los efectos turbadores y oníricos en los que inspirarse podrían ser abundantes. Por ejemplo, se centraría en unos poderes públicos que ordenan legalmente que un litigio debe solventarse en tres meses, pero luego escamotean los medios para su trámite y el procedimiento no acaba hasta los tres años. También podría describir el colapso de los dos millones y medio de procesos pendientes de resolución que se almacenan en los rincones de las oficinas judiciales como montañas de papel que alcanzan una fisonomía aterradora. O ironizaría sobre la vigencia de leyes procesales criminales del siglo XIX que se aplican en la época de la cirugía informática y de los teléfonos de tercera generación.

En otra de sus obras más conocidas, el escritor checo convierte a su protagonista en un enorme escarabajo, aunque todavía podría llegar más lejos y transformar el polvo de los expedientes en los roedores traviesos, insectos multiformes y hongos verduscos que campan a sus anchas por bastantes edificios judiciales ante la desidia en su mantenimiento por parte de las autoridades. Seguro que Kafka escucharía que España anhela ingresar en el selecto cenáculo de las principales economías mundiales, pero deslizaría con sutileza a través de algún personaje secundario que nos encontramos a la cola de la Unión Europea en la proporción de jueces por habitante, por detrás de Ucrania, Rumanía o Albania. No obstante, lo que desbordaría la imaginación del mismo Kafka sería representarse la trama en la que los propios magistrados, desmoralizados por el enorme sobreesfuerzo personal que se constata en las estadísticas oficiales, se vieran forzados a reivindicar con huelgas y medidas de presión, a la usanza de curtidos sindicalistas, la simple dignificación del servicio público que se presta a los ciudadanos.

Quizás el citado boceto narrativo resultaría de comprensión sencilla al carecer de la profundidad literaria y filosófica de las demás obras del solitario de Praga. Su significado habría de rastrearse en los abismos del abandono histórico de nuestros tribunales, un ámbito de escasa popularidad social y de nulos réditos electorales. De aquellos polvos de olvido han venido estos lodos, representados por una oficina judicial obsoleta, cerrada sobre sí misma, sin medios tecnológicos adecuados y sin conexión eficaz con el conjunto del sistema. Además, la indiscutible inversión pública de los últimos años no ha guardado proporción con las necesidades reales y con un desmesurado crecimiento de la litigiosidad.

Y, en el escenario del conflicto, sobresale el ademán inquisitivo del ministro Fernández Bermejo, cada vez más empeñado en interpretar a un personaje kafkiano que se entretiene con pasión en lanzar los dardos de sus invectivas contra los magistrados; en amenazarles de forma grandilocuente con las plagas más

dañinas; en encajar bastones macizos a las ruedas de los imprescindibles acuerdos constructivos. Sin embargo, a nuestra sociedad sólo le puede beneficiar la búsqueda de remedios para curar unas estructuras judiciales heridas de gravedad.

Como sabía Rousseau, las descalificaciones representan los argumentos de los que carecen de argumentos. Debe imponerse la cordura en el campo ministerial y afrontarse con más rigor una vía de negociación para paliar tan inquietantes carencias.

Alguien escribió que los jueces personifican la última trinchera del Estado de Derecho: si fracasa esta muralla protectora, nuestro edificio constitucional se convierte en un montón de escombros. En consecuencia, la erosión del poder judicial conlleva ciertos riesgos. Y parece que se trata de un fenómeno que afecta a buena parte del mundo occidental, pues se aprecia una peligrosa tendencia expansiva de los gobiernos, contraria al principio de división de poderes. La paradójica lucha por el Derecho, concebida por Rudolph von Ihering como un conflicto dirigido a conseguir la convivencia humana, se recrudece en la cúspide de nuestras sociedades. Estas tensiones se manifiestan en España en forma de feroces ataques a los jueces y a través de la asfixia por omisión culposa a la labor esencial de nuestros juzgados.

Quizás estas actitudes logren socavar las elevadas funciones de nuestro poder judicial, pero el coste para los valores democráticos resultará demoledor, pues en cada tribunal se encuentra una morada en la que se garantizan los derechos fundamentales de los ciudadanos. En medio de tanta algarabía ministerial, hemos de conceder a Kafka el derecho a la última palabra para que nos aconseje centrar el debate: “Vivir es desviarnos incesantemente. De tal manera nos desviamos, que la confusión nos impide saber de qué nos estamos desviando”.

Ximo Bosch, Portavoz de la sección valenciana de Jueces para la Democracia (JpD)

FUENTE: Ximo Bosch