Enero 2009

TRIBUNA

El privilegiado

LA TRIBUNA DE LA RIOJA

«Que no sea todo mentira o, en su defecto, no lo parezca.» Bunbury

Desde hace cuatro años hago guardia una semana cada tres. Durante la guardia estoy disponible veinticuatro horas cada día y once de ellas trabajo en mi despacho. A veces me llaman de madrugada para que decida, yo y nadie más que yo, si se ha de respetar la voluntad de una persona de morir por no recibir tratamiento médico o si, por el contrario, la persona no está en condiciones de tomar esa decisión y no ha de dejársele morir; o para que decida si el receptor de un trasplante de un órgano vital lo va a recibir, o no, en el caso de que el potencial donante haya sido asesinado y sea imprescindible no trasplantar ese órgano para poder investigar el crimen. Les hablo de decisiones de vida o muerte para personas concretas.

También decido si las personas detenidas, varias cada día, van a prisión o quedan en libertad; si se «pinchan» teléfonos; si se registran domicilios; si se acuerdan alejamientos y, además, en cada guardia tengo que leer, y resolver, sobre más de doscientos cincuenta atestados, denuncias o partes médicos, todos ellos susceptibles de ser urgentes.

Me pagan 200 euros limpios por ello. Y con razón, ustedes pensarán que no está mal; pero no, miren, es que tengo una profesión tan rara que cuando me explico no me entienden y cuando me entienden no me creen. No me he explicado bien: no me pagan 200 euros al día, sino por toda la semana. Comparen con otras profesiones.

Acabo la guardia literalmente agotado. Cualquiera que sepa la carga que supone la disponibilidad total prolongada me entiende. Todos los trabajadores de mi oficina, unos cracks por cierto, cobran por la guardia lo mismo que yo, (aquí el celador cobra igual que el cirujano) pero soy el único que después no tiene un día libre para descansar, y no entiendo la razón, porque realmente lo necesitaría.

En la última guardia que hice, entre el 30 de diciembre y el 6 de enero, en mi despacho no funcionaba la calefacción. Me compré un calefactor y andando. La fiscal dijo un par de veces, «Jo, qué frío estamos pasando», pero no comentamos mucho más al respecto. De hecho, creo que esto ni siquiera se lo he dicho a mis compañeros: imagínense a lo que estamos acostumbrados.

En los nueve días que no estoy de guardia, recibo declaraciones y celebro juicios hasta las dos de la tarde; resuelvo lo más urgente o complicado de dos a seis y luego me voy con mi mujer y mis hijos, tengo cuatro, entre siete meses y siete años, para que me conozcan, pues durante la semana de guardia, una cada tres, ni me ven. Cada vez que acabo una guardia mi despacho queda limpio, sin nada que resolver. Pese a trabajar por las tardes entre guardias, para resolver lo urgente o más complicado, cuando empiezo la siguiente guardia tengo encima de la mesa otros 170 atestados, 70 procedimientos para minutar y 35 Juicios de faltas pendientes de dictar sentencia.

Con ese ritmo de trabajo, objetivamente insostenible, consigo darles hora a ustedes, los ciudadanos, de aquí a cuatro meses. Creo que es escandaloso, pero no puedo hacer más. Si yo trabajara fichando les daría hora de aquí a un año. Y estoy en Logroño, donde el volumen de trabajo es tremendo, pero no desbordante.

Por supuesto, no tengo coche oficial; ni chofer; ni parking; ni zona reservada de aparcamiento en la calle; de hecho, cuando aparco en la puerta de mi oficina a las 3 de la mañana para entrar corriendo a resolver si alguien vive o muere, me ponen una multa. La única dieta que conozco es la del bocadillo que me como a mediodía, también corriendo para seguir trabajando y poder llegar a estar con mis hijos a una hora razonable por la tarde.

Soy juez y, personalmente, mi único privilegio es poder conocer y tratar a mis compañeros, porque sé cómo viven y conozco su formación, nivel y entrega profesional y en qué condiciones trabajan; y, como los conozco, siento por ellos una gran admiración y respeto. Y los únicos privilegios que quiero/eremos y que pido/edimos son derechos para ustedes. Ustedes tienen derecho a que yo tenga unos medios mínimamente normales para darles una respuesta mucho antes y mucho más estudiada que la que el volumen de trabajo actual permite.

No queremos ser populares, ni estar en los telediarios, ni maldita la falta que nos hace que nadie nos agradezca nada: yo también simpatizo más con los futbolistas que con los árbitros. Sólo queremos pasar desapercibidos y que nos den los medios para que ustedes tengan un poder judicial independiente y eficaz, porque sin eso no hay real división de poderes, ni democracia. Cuando nos los den, si lo hacen, volveremos a nuestros despachos a hacer lo único que sabemos hacer y que llevamos toda la vida haciendo: trabajar para ustedes, pero mejor.

Gracias por leerme hasta aquí.

JOSÉ CARLOS ORGA LARRÉS

MAGISTRADO JUEZ TITULAR DEL JUZGADO DE INSTRUCCIÓN NÚMERO DOS DE LOGROÑO

FUENTE: José Carlos Orga Larrés